• Gud nait, japi niu yiar: la falta de grises en la cuestión de Maduro y Trump y Estados Unidos y Venezuela y Petro

    Gud nait, japi niu yiar: la falta de grises en la cuestión de Maduro y Trump y Estados Unidos y Venezuela y Petro

    El discurso de los últimos días, enardecido, altivo y condescendiente, sigue siendo igual que el de los últimos años, o quizás al de siempre.

    A la gente ya no le gusta debatir, sino más bien infantilizar. Hay una afición enfermiza a creerse el rey de la colina, desde la superioridad moral que les brinda el eco de aplausos de esa burbuja que piensa igual que ustedes, para ridiculizar, obstaculizar y satanizar a todos los que piensen diferente. Peor aún los que cazan peleas imaginarias, dando golpes al aire y pensando todo el día en argumentos para odiar más a la izquierda, o a la derecha, o al vecino que votó por Petro, o al costeño, al cachaco, al paisa; al que sea.

    La humanidad se volvió adicta a categorizar. Que si de izquierda, que si de derecha, que si mamerto, que petrista, o fascista o uribista. Desde hace tiempo que la pereza de encontrar lugares comunes terminó en el facilismo de las etiquetas. Y no solo es el hecho de marcar a la gente como si fueran productos del supermercado, sino que además tienen el descaro de atribuirles características y vidas imaginarias, como si fueran animales registrados en una enciclopedia. Ah, que este votó por Petro, entonces es un resentido con un tatuaje del M-19 que vive en una cloaca de odio y pobreza mental desde la que apoya a las guerrillas; o que tal votó por Duque, seguramente es un insensible que apoya a los grupos paramilitares y odia a su mujer.

    Nos encanta hacernos la vida fácil y por eso caemos en la estupidez de etiquetarlo todo, porque así no toca pensar, sino reducir, en un mundo en que los prejuicios y las generalizaciones abundan por doquier. Y no, no es culpa de las redes, que ha terminado siendo otro de los facilismos más comunes de la academia. La culpa es de la humanidad, en general, a la que le siempre le ha resultado más cómodo encerrar a grupos en lugares comunes. No para entenderlos, sino para separarlos, para nunca hacer el ejercicio de asimilar cómo piensan; de escuchar.

    Lo único que han hecho los conceptos es evolucionar, pero las etiquetas son las mismas. Comunista, fascista, tibio, liberal, conservador. Una y otra vez el enemigo en común. Para unos, hay que odiar a los que apoyan el matrimonio igualitario, para otros, a los que están en contra del aborto. El problema de la humanidad es creer que el colectivo es lo más importante, cuando el respeto por las individualidades, el querer entender la postura del otro, debería ser prioridad.

    Con todo el tema de Venezuela y de Maduro y de Trump y de María Corina, nadie quiere debatir. Y, como siempre, impera el: “si estás en desacuerdo conmigo, eres mi enemigo”. Porque, amigos, es posible aborrecer al régimen y al mismo tiempo no aprobar una intervención norteamericana. Se vale que les guste el helado de vainilla pero no el de chocolate. No todo es blanco y negro. La vida tiene grises y en el mundo haríamos mejor si nos gustaran más los grises. Porque sí, los grises son más difíciles y no encajan en el universo cuadriculado de amigos y enemigos, de fachos y mamertos. Los grises son reales, mucho más que las certezas y conceptos que tantos de ustedes asignan con una facilidad aterradora.

  • Las mejores experiencias del 2025 (no es un top cinco)

    Las mejores experiencias del 2025 (no es un top cinco)

    Libros, videojuegos, música y películas. Uno de cada uno, sin orden en particular. No me dio la gana de que fuera un número redondo.

    Mi parte favorita de un año que termina es mirar hacia atrás y recordar con cariño los mejores momentos. Hay algo mágico en la nostalgia, pero más que eso en la añoranza de volver a vivir las cosas por primera vez. Por eso, quiero empezar este 2026 con esta lista, que la pensé exclusiva para productos audiovisuales, pero en la que quiero incluir los elementos más destacados que llenaron de júbilo mi propia burbuja del entretenimiento.

    Kingdom Come Deliverance 2

    Más allá de ser un amante de las buenas historias, soy fanático de las buenas historias que son bien contadas. En la industria del videojuego, se suele priorizar el apartado gráfico (que sí, es muy importante) más que la diversión y que la propia narrativa. Este juego lo tiene todo y -mágicamente- todo lo hace bien.

    La historia se centra en Henry, un escudero en la baja edad media de la Europa central, específicamente Bohemia, el corazón económico y militar del Sacro Imperio Romano Germánico. ¿Y por qué me gustó tanto? Porque se atreve a ser un juego distinto. No hay fantasía, ni dragones, ni orcos, ni montañas mágicas. Es uno de los contenidos audiovisuales más inmersivos en los que he tenido la fortuna de zambullirme. Parece infinito, simulando con suma destreza la sensación de que todas las acciones del jugador tienen consecuencias.

    Además de la sensación de libertad, Kingdom Come Deliverance 2 está asentado en un motor gráfico impresionante; es como recorrer la Kutna Horá del siglo XIV en la actualidad. Las ciudades del juego respiran con vida propia y rodean al jugador con una credibilidad impresionante. Hace unos años estuve en Praga y siempre había soñado con vivir la Bohemia medieval; pararme frente a un caballero en armadura de placas o estar lo más cerca posible a una refriega en una fortaleza, incluso participar de un asedio a un casillo. No hay experiencia audiovisual que te acerque más a esas experiencias que este juego y, solo por eso, por hacer feliz al niño que creció leyendo sobre las cruzadas y gestas medievales, se merece un aplauso de pie.

    La magia de los videojuegos está en eso: en la interacción. Son el producto audiovisual definitivo. Lo tienen todo. Y este título lo comprueba. Qué joya.

    Sinners

    Desde que empecé a escribir un libro de vampiros me he vuelto celoso. Debe ser un instinto básico del creador, querer ocultar el resto de las historias con elementos similares a la suya bajo el pretexto de la originalidad. Este año aprendí a compartir mis visiones y a enriquecerlas en base a las propuestas de los demás y así, soltando, he agarrado un millón de ideas y las he transformado en esa historia que pronto espero compartir con ustedes.

    Mientras tanto, háganse el favor de ver esta película. Es impresionante. Lo tiene todo: actores carismáticos, tomas divertidísimas, una banda sonora enriquecedora y, lo más importante, una buena historia que contar.

    A nivel técnico, Sinners toma riesgos a nivel de planos y encuadres, incluso jugando con la relación de aspecto de la pantalla en varias escenas, que son espectacularmente sublimes. No me quedan dudas de por qué fue un éxito en taquillas y, seguramente, no tardará en convertirse en un referencia para el cine de los próximos años; diría yo que de décadas.

    The Wedding People

    Phoebe Stone llega a uno de los hoteles más lujosos de Estados Unidos porque en la noche, cuando todos duerman, tiene planeado acabar con su vida. Qué premisa tan espectacular.

    Nunca he sido muy aficionado a lo escuetas que resultan la mayoría de las historias de autores estadounidenses y Allison Espach no es la excepción a la regla. Su prosa es sencilla, a veces adusta y medio tacaña, pero eso solo la vuelve más espectacular cuando te regala un adjetivo muy bien utilizado, o una palabra mágica que le da sentido a todo un párrafo, incluso a un capítulo.

    The Wedding People es una tragicomedia con tintes románticos y a veces filosóficos. Phoebe, como personaje, es un espejo de las inseguridades que nos acosan en el mundo moderno: las infidelidades, el sentirnos útiles y encontrar nuestro propio camino. A través de sus ojos terminan por brillar el resto de los personajes, que componen un enramado precioso de situaciones magníficas, dándole al libro una frescura que no había sentido en mucho tiempo.

    La maestría de Espach está en camuflar una lectura reflexiva, a veces oscura y demasiado personal, en párrafos ligeros, fáciles de digerir y con un ritmo frenético. Sin duda, una de las lecturas que más me ha conmovido y que siempre recomendaré a ojo cerrado, aunque haya tenido que tenerlos abiertos al no poder parar de leer.

    Porch Light

    Una de las cosas más difíciles de describir en palabras es la música. Y no tengo idea de cómo hablarles de Porchlight Band, uno de los grupos que más me impactó en 2025. Quizás puedo decirles que suenan a esa música que ya no se hace o que los arreglos de sus canciones se parecen demasiado al rock sentimental de comienzos de la década del 2000. Pero eso sería hacerles un mal, porque en esas dos frases no puedo resumir a lo que suenan, a lo que hacen sentir.

    Sin duda entre mis canciones favoritas del año, Recognize You, suena a tristeza; a corazón desgarrado. Y eso la hace hermosa, por las emociones, por lo mucho que se asemeja al dolor. No considero que 2025 haya sido un año triste, pero esta canción puede representar fácilmente los colores de los momentos más oscuros de los últimos meses.

  • En defensa del buen cine taquillero, como Depredador: Badlands

    En defensa del buen cine taquillero, como Depredador: Badlands

    La última entrega de la saga hizo de lo simple su mejor receta, como también lo hizo ‘F1: La película’ y, por qué no, ‘Top Gun: Maverick’.

    Desde niño, siempre he sido amante de la fantasía, lo cual, sin ningún sentido aparente, me encaminó en una cruzada contra la ciencia ficción. Me tomó muchos años desprenderme de ese sesgo auto impuesto, de que las historias con castillos y caballeros eran mejores que las de naves e imperios galácticos, y todavía otros más para preferirlas abiertamente.

    Es cierto que el mercado se saturó de fantasía medieval, como siempre lo hace después de un gran éxito como lo fue la adaptación de HBO de ‘Juego de Tronos’ (prohibido hablar de la última temporada), al igual que lo hizo con los zombis, los superhéroes y los vampiros. También, que las grandes productoras, como Amazon -específicamente Amazon por lo que le ha hecho al legado de ‘El señor de los Anillos’- han priorizado la inversión en vestuarios, efectos especiales y todo tipo de perendengues antes que contar buenas historias, de calidad, quizás con la idea de que espectáculo y emociones fáciles equivalen a conectar con un mayor número de audiencias.

    Yo era de los que creía que el cine taquillero era solo eso: una transacción puramente descerebrada, en búsqueda de picos de adrenalina. Pero este año me di cuenta que no. Como todo en la vida, hay cosas buenas y malas. Y el cine taquillero malo es -efectivamente- muy malo, pero el bueno, el hecho con el objetivo de ser buen cine, es de lo más estimulante para una industria que atraviesa una crisis tremenda, enfrentada en varios frentes al uso de inteligencia artificial, a la caída dramática en la venta de boletería y a la saturación de contenidos que ha traído consigo el auge del streaming y de plataformas como Netflix y Prime Video.

    Según un informe del Ministerio de Cultura, en 2024 se estrenaron 317 películas extranjeras en el país, la segunda cifra más alta en quince años después de 2018, que fueron 319, antes de la pandemia. Y hablando de covid, lo que llama la atención es que los números nunca volvieron a ser los mismos. El año pasado, 49,63 millones de personas fueron a cine en Colombia, un 7,9% menos que en 2023, y ni hablemos de la diferencia con 2019, cuando 73,11 millones copiaron al plan de ir a ver pelis.

    Justamente, y para sorpresa de nadie, las películas más vistas el año pasado en Colombia fueron ‘Inside Out 2’, ‘Deadpool y Wolverine’, ‘Despicable Me 4’, ‘Moana 2’ y ‘Kung Fu Panda 4’.

    Si les confieso, no fui a ver ninguna, pero este año, en pleno proceso de escritura de mi libro (pauta publicitaria no pagada), he sido un consumidor más asiduo de películas taquilleras y, debo confesarles, que me han encantado dos en particular: ‘F1: La película’ y ‘Depredador: Badlands’.

    “El cine es arte e industria, es una dualidad que siempre ha tenido”, reconoce Álvaro Serje, realizador audiovisual y docente universitario. “La industria hace parte de de los sistemas de producción y es normal que que sigan existiendo películas que quieren apelar solamente a esa a esa área. Yo no satanizo al cine taquillero. No me parece que sea algo que esté necesariamente mal, porque también dentro de ese cine taquillero pueden entrar buenas películas y gente que hace cosas interesantes”.

    “Mi rollo es que no debería ser solo ese tipo de cine. No creo que debamos resignarnos a que solo puede existir una manera de hacerlo, y que esa manera es el blockbuster hollywoodense”, aclaró Serje.

    En mi tesis de maestría reconocí algo que me cambió la vida. Me lo explicó mi profe de Novela Policiaca, el también escritor e investigador Manuel Broullón: “yo no les pido que inventen una nueva receta de la tortilla de patatas; yo les pido que la hagan bien”. ¿No es acaso magnífico? Desprenderse de las ínfulas de originalidad y superioridad por contar historias enrevesadas y difusas y zambullirse más bien en la tranquilidad de hacer las cosas bien. Así como lo hace el buen cine taquillero, como lo hace ‘Depredador: Badlands’.

    “…cuando piensas en las grandes películas que nos encantan de cualquier género, es cuando estas se centran mucho más en los personajes y la historia que en escenas de acción individuales, la trama o cualquier otra cosa”, contó el director de la película, Dan Trachtenberg, a Infobae.

    Fui a verla a cine, el domingo; la forma más tradicional posible. Fui sin expectativas, plenamente consciente de la transacción. Yo pago una boleta por dos horas de emociones. Sencillo. Nada del otro mundo. Estaba muy equivocado. Qué buena película. Tan buena, que me motivó a escribir este post.

    Y lo hago por una razón muy simple: recordarme que las buenas historias no necesitan ser originales. 

    Aunque, no hay que olvidar que la industria del cine pareciera estar en una crisis, pues siempre se terminan contando las mismas historias con los mismos arquetipos de personajes.

    Estamos repitiendo constantemente las mismas fórmulas. Creo que Hollywood está en una crisis de creatividad y está repitiendo la misma película muchas veces y está apelando solo a marcas conocidas y a lo que ya sabe que funciona. Yo creo que el sistema también se satura cada cierto tiempo y luego se resetea. Lo mejor es una historia original y bien contada; tener un cine auténtico donde haya autores que se puedan expresar y que puedan producir películas valiosas, pertinentes”, dijo Serje.

    Desde la primera escena, ‘Depredador: Badlands’ te avisa en letras gigantes lo que va a pasar. El pequeño protagonista va a derrotar al monstruo más grande de la galaxia. Luego, te muestran al resto del elenco, y la película también te avisa que van a ser sus mejores amigos. Toda la trama expuesta en cuestión de minutos, al igual que en ‘F1: La Película’. La audiencia sabe que el personaje de Brad Pitt va a ganar una carrera; que va a ser feliz. Nos fascina, nos vuelve locos. 

    “Para producir una película taquillera hay que tener estrellas, una buena historia, una marca reconocida —y por marca me refiero a un personaje como Iron Man o Spiderman, o a un cómic como DC o Marvel— y también un espectáculo visual. Creo que eso es lo que hace que una película se vuelva taquillera hoy en día. Ahora, no todas funcionan. Hemos tenido muchos fracasos de películas que se supone que tenían esa receta. Al final es eso, y siempre va a haber un factor X, desconocido, que hace que una película funcione o no. Podría ser una buena historia, pero más que la historia, siempre hay algo que hace que la película haga clic o no con la gente. Y eso es muy difícil de predecir”, concluyó Serje.

    Lo que molesta del cine taquillero no es que sea previsible, es que no cuente las historias bien. No hay que inventar la tortilla de patatas, ni tampoco revolucionar los guiones. Y cuando llegan películas que sí lo hacen, que se toman el trabajo de amar las historias, sucede la magia. Sonny Hayes ganando en Yas Marina, Maverick destruyendo los MIG rusos y el Depredador cazando a la bestia más grande de todas.

  • Para ser presidente, primero hay que ser católico

    Para ser presidente, primero hay que ser católico

    Abelardo de la Espriella, el último caballo en la carrera por la presidencia, es otro de los candidatos que ha encontrado a Dios antes de las votaciones.

    El requisito más importante para ser presidente de Colombia no es ser colombiano. Es ser religioso, católico, y no ha habido mandatario en la historia del país que se haya atrevido a nadar en contra de la corriente. Candidatos, sí, algunos, pero ninguno que haya puesto en duda la existencia de Dios ha recibido las llaves de la casa de Nariño.

    El último caballo en unirse a la contienda presidencial del próximo año, Abelardo de la Espriella, no iba a ser el primero en intentarlo. El abogado y músico, declarado ateo, aseguró que hace cinco años tuvo una revelación sagrada. “Hay muchos ejemplos de personas que, como yo, no creían, pero se convirtieron y llegaron a ser grandes defensores de la fe. Esa transformación ha sido clave para mí, especialmente ahora, porque la batalla que enfrento no es solo jurídica, sino también espiritual”, le dijo a Publimetro en agosto.

    De la Espriella, que atrajo a 15.000 personas al lanzamiento de su campaña en el Movistar Arena, tiene claro el guion: “mi lucha es por principios y valores fundacionales”. “Yo defiendo a la familia como nucleo fundamental de la sociedad, la creencia en Dios, la economía libre de mercado…”, dijo luego del evento.

    “La ideología es una manera de pensar, pero los principios y los valores fundacionales es la manera correcta de pensar; es el sentido común, la razón”, agregó.

    Ese cambio en el discurso no es coincidencial. Según la última entrega de la Encuesta Mundial de Valores, cuyo objetivo fue explorar los valores de los colombianos en una sociedad post-pandémica (entre 2018 y 2024), la iglesia (54%) es la institución en la que más confían los colombianos, seguida por las universidades  (53%) y las organizaciones del medio ambiente (47%). 

    “La búsqueda por parte de los partidos políticos de tener a algún grupo religioso de su parte que ejerza como promotor del candidato/a se está haciendo cada vez más evidente”, explicó el profesor Joan-Andreu Rocha Scarpetta, experto en comunicación intercultural, diálogo interreligioso, medios de comunicación y minorías religiosas. “Particularmente en los grupos de derechas, como ocurre con el protestantismo evangélico en los Estados Unidos, incluso cuando este candidato/a está lejos de encarnar los ideales del grupo religioso en cuestión”, indicó.

    En la región Caribe, por ejemplo, los colombianos confían más en la iglesia, en la televisión y en la radio, mientras que en Bogotá, donde ha triunfado la izquierda en el pasado reciente, confían más en instituciones como las Naciones Unidas y, curiosamente, Mercosur. 

    La Encuesta Mundial de Valores muestra también que un 30% de los colombianos participa activamente en grupos religiosos, incluso en mayor frecuencia que en organizaciones deportivas (19%) y artísticas (15%). Es, efectivamente, la clase media, que equivale al 34,4% de la población, según cifras del Gobierno Nacional, la que más se relaciona con la religión, mientras que la clase alta prefiere los deportes, sindicatos y organizaciones humanitarias.

    Subido en los rieles de la nueva derecha internacional, la de Milei, Bukele, Trump y Meloni, el discurso de De la Espriella está claro: patriotismo y religión. Adaptado a un contexto fertil como el colombiano, en el país del Divino Niño pareciera no haber otro camino, al menos no uno alejado de la instrumentalización religiosa.

    El actual presidente, Gustavo Petro, no dudó en aclarar la cuestión sobre su fe cuando era candidato. Lo hizo ante Vicky Dávila, en ese entonces periodista de La W, y hoy una más de las aspirantes a sucederlo. “Soy Católico y como Presidente respetaré la libertad de culto”. Y no solo lo dijo, lo publicó en sus redes sociales. Para que no quedaran dudas. 

    En la campaña electoral de 2010, que enfrentó en segunda vuelta a Juan Manuel Santos y Antanas Mockus, este último tuvo que salir públicamente a negar su supuesto ateísmo, que se había convertido en un estandarte del santismo contra su campaña. “Una cosa es no ir a misa y otra es ser ateo”, le dijo a El Espectador. “Yo soy católico, fui acólito y casi soy sacerdote (…) trabajo con la Iglesia para arriba y para abajo”, aclaró.

    Las cifras del Pew Research Center, en Estados Unidos, demuestran que casi dos tercios de los votantes que asisten a servicios religiosos una vez al mes o con mayor frecuencia votaron por Donald Trump en las últimas elecciones. Estos números los complementa el informe de Voters Study Group, que asegura que 31% de los electores del actual presidente son conservadores acérrimos de clase media alta. “Son el grupo con mayor probabilidad de poseer armas… y, si bien no son tan intransigentes con la inmigración como los preservacionistas estadounidenses, son profundamente escépticos al respecto —tanto legal como ilegal— y les preocupa especialmente la inmigración musulmana”, señala el informe. Además, este grupo considera que ser cristiano es un componente “muy importante” para considerarse un norteamericano verdadero.

    “En otros contextos, más que el elemento religioso (ligado a las instituciones religiosas como por ejemplo la iglesia católica), lo que está adquiriendo importancia sobre todo en el populismo de derechas, es el elemento «espiritual» vinculado a un candidato/candidata, que revela, no tanto su pertenencia religiosa, sino la dimensión humanista y de búsqueda o identidad espiritual de este/a. Se trata de una idea que profundiza particularmente el filósofo argentino Ernesto Laclau”, agregó Rocha Scarpetta.

    Volviendo a Colombia, llama la atención que, según la Encuesta Mundial de Valores, un 12% de los encuestados prefiere no tener de vecino a alguien con creencias religiosas distintas, aunque esta cifra ha caído 1% desde los resultados anteriores de 2018.

    De cara a las elecciones de 2026, habrá que esperar que, al igual que De la Espriella, los candidatos que terminen perfilándose según las encuestas también hagan las paces con Dios en su discurso. A fin de cuentas, ningún ateo ha sido presidente de Colombia y, de acuerdo con las cifras, parece que ese seguirá siendo el requisito clave.